¿Qué pasa con Kansas? Thomas Frank
Desconozco si será sólo mi caso, pero los libros que leo responden a preguntas previas que me hago.
En este caso la pregunta era ¿Cómo la clase trabajadora puede votar a partidos políticos conservadores o ultraliberales, que no defienden sus intereses como clase?
Thomas Frank a lo largo del libro ¿Qué pasa con Kansas? nos intenta responder a esa pregunta.
La lucha de clases es el conflicto social por autonomasia. Es el aspecto que configura la estructura social de nuestras sociedades.
La crisis de los 70 y la llegada al poder de Ronald Reagan y Margaret Thatcher y sus políticas económicas ultraliberales dieron un vuelco a la lucha de clases, al inclinar la balanza hacia el lado de la empresa, del capital, dejando a la clase trabajadora a la intemperie.
Tal ha sido la victoria del capital en la lucha de clases que algunos pensadores llegaron a hablar del fin de la historia, dada la caída del bloque comunista y la asunción por prácticamente todo el globo de la democracia liberal representativa y el sistema económico capitalista.
La clase obrera ha perdido la lucha de clases y esa derrota ha conducido a algunos a pensar que esa lucha había finalizado por la destrucción de las estructuras sociales que definían al proletariado como proletariado.
La desestructuración y quiebra de los vínculos sociales tradicionales son el producto de la liberalización, privatización y desregulación de amplios sectores de la economía. La política económica neoliberal y su afán por fiar toda la actividad económica al libre funcionamiento del mercado que en última instancia genera oligopolios, cárteles, ...
La lucha de clases continua en la actualidad con una clase trabajadora perdida y con el advenimiento de la plutocracia: el poder del dinero y de los ricos.
La postmodernidad ha girado el conflicto social de la lucha de clases, -el conflicto por la redistribución de la riqueza, el conflicto material por autonomasia-, por las batallas culturales, -conflictos por valores sociales, por lo simbólico y su pertenencia-, que en definitiva no ponen en cuestión el status quo de nadie.
De este modo, las estructuras económicas y sociales permanecen invariables al no ser puestas en entredicho al no ser objeto de la lucha política.
Thomas Frank señala que el conservadurismo populista estadounidense es la política del autoengaño para los votantes de clase obrera.
Y se basa en al auotengaño porque los conservadores han observado que la gente confunde sus intereses principales, lo que les permite profundizar más y más en el neoliberalismo económico, con el consiguiente menoscabo para los intereses de la clase trabajadora.
La clase social para los neoconservadores poco o nada tiene que ver con el lugar que se ocupa en la estructura socioeconómica del país. Para ellos la clase social tiene que ver con la autenticidad, es un bien cultural, un estilo de vida, por lo que queda en un segundo plano el trabajo que se desempeña y los ingresos que se obtienen.
El obrero, entonces, no es obrero porque desempeñe un trabajo de obrero, si no por una retahila de valores, tales como la modestia, la humildad, el gusto por el trabajo bien hecho, la responsabilidad, ...
Al separar a la clase social de la economía los neoconservadores han constituido una alternativa para el descontento obrero: la lucha por los valores tradicionales del pueblo nortemaericano.
El conflicto social no está dado por la redistribución de la riqueza de un modo más justo, si no por las batallas culturales que lo que pretenden es imponer los valores conservadores al conjunto de la sociedad.
El libre mercado, su funcionamiento y sus consecuencias quedan fuera de toda controversia política. Es inviolable. Lo peor es que este posicionamiento político ha sido tomado por el Partido Demócrata norteamericano.
La eliminación de las cuestiones de carácter económico y de los negocios en el debate político ha sido sistemática.
Ahora la batalla política se libra en el campo de lo simbólico, en las batallas culturales, en la referencia a los valores, considerando a éstos como la interpretación de la cultura como algo esencialmente conservadora.
La economía de libre mercado, definición del sistema de producción capitalista preferida por los neoconservadores, es infalible. Es más, el capitalismo tiene algo de benevolente para todo el mundo, según su visión.
El mundo de los negocios, por su parte, también es ajeno al debate político. Las operaciones empresariales no son objeto legítimo de crítica social, ya que hacer negocios es algo natural, normal, que está por encima de la política, por lo tanto no cabe discutir sobre estas cuestiones.
La ausencia de cualquier tipo de crítica al sistema capitalista y al mundo de los negocios ha sido sustituido por la satisfacción personal e individual en clave pseudoespiritual, tal y como puede suceder con el veganismo, la ecología individual, el animalismo, las identidades sexuales, ...
Todo ello envuelto en una estrategia manipuladora que hace que las políticas autodestructivas para los intereses de la clase obrera sean votadas por la propia clase obrera. Las salidas que ofrece el sistema son individuales e individualizantes.
Así, para los conservadores el debate político se encuentra en alimentar una lucha por los valores de clase y el primer paso para conseguirlo es negar el fundamento económico de las clases sociales y, por tanto, de la estructura social.
Se debe tener en cuenta que la comunidad empresarial es la mayor integrante, como no puede ser de otra manera, del conservadurismo social.
Por su parte, la industria cultural también ha desempeñado su papel, quitando paulatinamente importancia al mundo del trabajo, frente a las representaciones del mundo de las corporaciones empresariales y los negocios.
La industria cultural se ha quedado como herramienta de propaganda neoconservadora pura y simplemente, en la mayoría de los casos.
Los neoconservadores practican una interpretación mecánica de la cultura como uno de los muchos frentes de la lucha política.
Su visión es propio de la paranoia, de la persecución incansable en su contra, de teorías de la conspiración que dan sentido a lo vivido, de ahí que su visión del mundo sea un reflejo cada vez más alejado de la realidad.
Los valores conservadores conllevan que el mundo de la cultura sea más importante que la economía, ya que esta última cuenta con la ventaja de que no es puesta en cuestión de ningún modo, y se aprovechan de la famosa crisis de identidad y de valores de la sociedad actual.
Mediante la extensión de los estereotipos, tales como la élite progresista frente a los americanos que trabajan; se critica tanto la decadencia moral del país, como la imagen del verdadero trabajo manual esforzado, del hombre que suda y se cansa por la labor concreta y tangible que está realizando frente al trabajador de oficina, trajeado, limpio y aseado, que vive de los impuestos que paga el primero y que encima posee una superioridad moral que le lleva a criticar al primero por su estilo de vida corriente y tradicional.
La élite progresiste de los Estados Unidos es tachada de nueva clase, de "intelectuales", de ser excesivamente educada con un punto de alejamiento de los que no son educados como ellos, de despreciar las creencias y costumbres de las gentes, de cierto clasismo, engreimiento, de ser snobs, "progres", manipuladores de la opinión pública, burócratas al servicio de un Estado siempre grande, de parasitar a la gente que trabaja, de disfrutar de gustos pretenciosos, tienen pretensiones de superioridad moral, son extravagantes por sus gustos a la europea frente a los gustos americanos, se sientes superiores a las personas que tienen menos dinero, de practicar un inmoral comportamiento nihilista, poseen y divulgan ideas nuevas y perniciosas para la sociedad, son influyentes en la política y en la economía, se piensan que son invencibles, son frívolos ante las normas morales de las gentes sencillas y, como corolario, odian a la gente corriente, a las personas que no son como ellos.
El conflicto entre clases, que bajo la ideología neoconservadora puede ser calificada como de una lucha social darwinista, enfrenta a la gente común con esta élite progresista, La lucha se da entre productores y parásitos que viven de lo que los primeros producen; entre trabajadores y acomodados en la administración pública o en oficinas, en las que no se sabe muy bien qué se hace; entre gente corriente y snobs.
El conflicto entre clases no es por cuestiones materiales de carácter económico, si no por valores y estilos de vida.
La lucha de clases ahora se ha convertido, por los neoconservadores, en diferentes batallas culturales.
El descontento popular vira a la extrema derecha, hacia la derecha más conservadora. La rabia, el debate imposible sobre asuntos económicos, la unidad del país y la identidad nacional y el fanatismo religioso son las cuestiones sobre las que pivota la inversión de valores contemporánea.
Este neoconservadurismo juega con la cultura del movimiento, que es fundamental para la protesta de las masas. La gente disfruta viéndose, tratando las mismas cuestiones de igual manera, sintiéndose parte de algo más grande que él mismo, experimentado con formas democráticas, como pueden ser una asamblea o un comité.
El ultraconservadurismo es la doctrina de la mayoría oprimida, la que denuncia la hipocresía social imperante, aquella que se rebela desde abajo contra una clase dirigente arrogante, la que pone en juego el victimismo, la que lucha contra el refinamiento burgués importado de Europa por los progresistas.
El neoconsevadurismo tiene su campo de debate político en las batalla culturales.
Es la Cruzada en la que los interese materiales se dejan de lado, porque no interesan, para concentrarse en vagas reivindicaciones culturales, que se consideran muy importantes, pero que no se van a poder satisfacer de ninguna de las maneras. Y está el dato de que ningún Gobierno conservador ha derogado la legislación sobre el aborto, ni el divorcio, ni ha promulgado Leyes para que las ideas creacionistas o de diseño inteligente se impartan en la escuela y no la teoría de la evolución de Darwin, ni ha puesto en marcha mecanismos de censura en la industria cultural, como ejemplos.
El hecho de que ninguna de sus reivindicaciones en cuanto a valores obtenga la victoria conduce a que la sensación de impotencia se intensifique y empeore la alienación de los miembros de esta ola neoconservadora.
Sin embargo, saben que no se trata de ganar estas batallas culturales, si no de rasgarse las vestiduras de forma visible, ruidosa y ostensible, de hacerse la víctima frente a un poder estatal que no les comprende, de ahí su indignación, rabia y frustración.
Esta protesta airada es por el sentido de la justicia y la determinación de perseverar en sus valores, en sus ideas, por parte de los ultraconservadores.
La queja se vuelve incesante, llegando a respuestas insignificantes e inconexas, fruto del enojo y de la furía del que sabe que no va a vencer, de que su esfuerzo en quejarse es baldío.
Viven en un estado permanente de susceptible irritación con el mundo que les ha tocado vivir, frente a un pasado idealizado y respetuoso con sus valores tradicionales.
Es una derecha mesiánica que vive asentada en el fatalismo vital.
Una idea importante del libro de Thomas Frank y que trata de explicar el auge y expansión de las ideas y valores neoconservadores es el pensamiento positivo.
El pensamiento positivo manifiesta que sólo con poner buena cara y perseverancia en lo que se está haciendo, se alcanzará el éxito.
Sin embargo, y como es fácilmente deducible, el mundo no funciona así.
Así emerge en las personas que han creído en el pensamiento positivo la frustración, la sensación de derrota, el odio, sin culpar al pensamiento positivo de su falta de sentido práctico, si no al mundo que ha abandonado el buen camino y está en declive. De ahí, el resentimiento que poseen este tipo de personas.
Los neoconservadores aprovechan este resentimiento entre los estratos más bajos de la clase trabajadora, aquella que ha sido objeto de desahucios de sus domicilios, aquellos que han perdido su empleo por el cierre de la fábrica en su pueblo, por la externalización del trabajo que estaban haciendo y que se ha marchado a otro país, porque los costos laborales eran más bajos y no había sindicatos; aquellos que han perdido el acceso a la sanidad, ... ,para que voten a los partidos neoconservadores.
Se podría decir que los obreros votan a los partidos de derechas conservadores por lo que les gustaría ser, aunque vaya muy en contra de sus necesidades, en vez de votar como la gente que son. Se podría considerar un aspecto aspiracional de la clase trabajadora en el momento de emitir su voto.
El ultraconservadurismo proporciona una identidad individual, como una forma de entender la autenticidad y el victimismo que profesan, que es a través de la indignación, la furia, el odio y la autocompasión.
Tienen, además, una explicación irrefutable de la realidad, capaz de dar sentido al descontento de la gente corriente, eximiendo de cualquier responsabilidad al sistema económico, que es intocable. La motivación viene dada, entonces, por el declive moral que genera un más que notable disgusto entre la población.
Así, las gentes ignoran sus intereses económicos para, en un acto de abnegación, sacrificarse por una causa mucho más noble: los valores de América, el camino de la rectitud.
Se trata de preservar un orden social mítico de un pasado remoto, entrando en juego el anhelo y la ensoñación de lo que cada uno quiera entender.
La ola conservadora se puede concentrar en una sola palabra: malestar.
Hay dos aspectos que conviene resaltar en el éxito, hasta el momento, de la agenda neoconservadora. Por un lado, el anti-intelectualismo, cosa de progres y que atenta contra el estilo de vida norteamericano, y por otro lado, el papel que ha desempeñado el fanatismo religioso.
El anti-intelectualismo es un claro ataque al bloque progresista y liberal norteamericano.
Son acusados de pertenecer a la clase dirigente, a la élite del Gobierno Federal, por lo que no son el norteamericano corriente y auténtico, si no enemigos de la gente sencilla. Sólo la clase obrera defiende el estilo de vida de América.
Son resabiados y ambiciosos, que sólo se mueven por dinero.
Tienen una superioridad moral propia de los sabelotodo y están endiosados. Quieren reorganizar y reformar todos los aspectos de la vida privada de las personas.
Son arrogantes, controvertidos e insensatos, y han sido promovidos por la clase empresarial. Son profesionales altivos que desdeñan a la gente ignorante; imponen sus ideas de experto progresista en un mundo que no le está permitido contestar.
Por lo que respecta al papel desempeñado por el fanatismo religioso, éste se articula a través de diversas protestas: contra la altiva clase dirigente, la élite intelectual del país, el mundo moderno y progresista y contra la ortodoxia religiosa disecada. Su religiosidad roza la denuncia a los que no son religiosos como ellos, de ahí la crítica a los liberales por su ateísmo.
Su popularidad reside en que ha sabido conectar con la parafernalia rebelde y alternativa propia de la cultura juvenil, aunque sea muy crítica con la contracultura norteamericana de los años 60, por una parte, y, por otra, su generosidad espiritual y su entorno humilde hablan de la quitaesencia norteamericana.
Su insatisfacción con el mundo moderno y progresista conduce a un anhelo por la continuidad, la unidad y la ortodoxia.
Son muy amantes de las teorías conspirativas, lo que les permite dar una explicación causal a cualquier fenómeno político y cultural del país.
Su amargura ideológica es implacable y ahí reside su cultura de la victimización en la que se encuentran tan cómodos.
Ofrece autenticidad, rebelión, nobleza de la victimas, individualidad en un mundo plagado de peligros y de tentaciones.
La salida a la contrarrevolución conservadora pasa por repolitizar la economía. La economía y la política económica deben volver a ser el centro del debate político.
Para la izquierda esta cuestión es primordial. Pero esta baza debe ser jugada por una izquierda que sea anticapitalista, que sea coherente con esa idea, no esa izquierda que no pone en cuestión el sistema económico capitalista y que sólo se dedica a gestionar sus consecuencias y deficiencias.
El sistema de producción capitalista tiene que ser impugnado en su totalidad.
Volvamos a la pregunta del comienzo de este texto, ¿cómo es posible que la clase obrera vote a partidos políticos neoconservadores o ultraliberales?
La inversión de los valores en nuestras sociedades actuales, donde los procesos de cambio social se suceden con una rapidez inusitada, y donde el sistema económico capitalista y su actividad económica han dejado de ser el centro del discurso político, han dado paso a que el conflicto social en torno a las cuestiones materiales ligadas al capitalismo haya sido usurpado por conflictos en torno a valores, símbolos y estilos de vida, lo que se ha venido a llamar batallas culturales.
Sin duda hay elementos que han actuado a favor de este cambio de objeto en el conflicto social.
Ideas tales como el sueño americano, el pensamiento positivo, la nostalgia de tiempos pasados mejores han desempeñado un importante papel en manos del pensamiento neoconservador.
El pensamiento positivo actúa como una gran anestesia social, al proponer y hacer que asumamos que los problemas que sufrimos son de carácter individual, -no saber adaptarse, no esforzarse lo suficiente-, y nunca de carácter colectivo, por el número de personas que los padecen, o tener un origen social.
En la actualidad, ahondando en el pensamiento positivo y sus consecuencias, están los libros de autoayuda que, lamentablemente, son éxitos de ventas.
Ahora bien, sus ideas conservadoras y tradicionalistas y su correlato en las batallas culturales, su victimismo, no hubieran podido llegar hasta donde han llegado si los medios de comunicación y la industria cultutral no les hubieran dado la relevancia y el protagonismo del que disfrutan.
Tan sólo hay recordar que la industria cultural y los medios de comunicación son empresas que desarrollan su actividad en el mercado, sujeto a las leyes de la oferta y de la demanda, al número de lectores que leen y comparten sus noticias, a las audiencias de sus programas en televisión, al número de abonados de sus canales de televisión, al monto total de la taquilla en el estreno de la última película producida.
Son empresas privadas que sólo buscan el beneficio económico, la generación de valor para sus accionistas, que son, en definitiva, a los únicos que deben rendir cuentas. Ahí termina su responsabilid.
El problema es que los medios de comunicación, en particular, y la indistria cultural en su conjunto son propiedad de grandes corporaciones multinacionales que tienen una ideología neoconservadora, en el plano social, y ultraliberales, en el plano económico. De ahí que promuevan y extiendan entre la sociedad estas ideas neoconservadoras y ultraliberales entre sus audiencias.
Además, no es en absoluto desdeñable, el papel que desempeñan en fijar la agenda política, coincidente con los intereses de neoconservadores y ultraliberales. Y la izquierda sigue el juego de esta agenda política marcada por otros sólo respondiendo a esas demandas ajenas, sin estrategia y sin poner en cuestión el orden establecido.
El conflicto social ha pasado de la lucha de clases a las batallas culturales, un gran éxito de la derecha política.
Las batallas culturales no suponen una contestación al sistema de producción capitalista, que es el núcleo del del conflicto social de nuestras sociedades, si no que ahora el conflicto social es por valores, estilos de vida, símbolos por lo que el conflicto social es estéril y beneficioso para el sistema capitalista, que ni es puesto en cuestión, ni es impugnado.
En este caso la pregunta era ¿Cómo la clase trabajadora puede votar a partidos políticos conservadores o ultraliberales, que no defienden sus intereses como clase?
Thomas Frank a lo largo del libro ¿Qué pasa con Kansas? nos intenta responder a esa pregunta.
La lucha de clases es el conflicto social por autonomasia. Es el aspecto que configura la estructura social de nuestras sociedades.
La crisis de los 70 y la llegada al poder de Ronald Reagan y Margaret Thatcher y sus políticas económicas ultraliberales dieron un vuelco a la lucha de clases, al inclinar la balanza hacia el lado de la empresa, del capital, dejando a la clase trabajadora a la intemperie.
Tal ha sido la victoria del capital en la lucha de clases que algunos pensadores llegaron a hablar del fin de la historia, dada la caída del bloque comunista y la asunción por prácticamente todo el globo de la democracia liberal representativa y el sistema económico capitalista.
La clase obrera ha perdido la lucha de clases y esa derrota ha conducido a algunos a pensar que esa lucha había finalizado por la destrucción de las estructuras sociales que definían al proletariado como proletariado.
La desestructuración y quiebra de los vínculos sociales tradicionales son el producto de la liberalización, privatización y desregulación de amplios sectores de la economía. La política económica neoliberal y su afán por fiar toda la actividad económica al libre funcionamiento del mercado que en última instancia genera oligopolios, cárteles, ...
La lucha de clases continua en la actualidad con una clase trabajadora perdida y con el advenimiento de la plutocracia: el poder del dinero y de los ricos.
La postmodernidad ha girado el conflicto social de la lucha de clases, -el conflicto por la redistribución de la riqueza, el conflicto material por autonomasia-, por las batallas culturales, -conflictos por valores sociales, por lo simbólico y su pertenencia-, que en definitiva no ponen en cuestión el status quo de nadie.
De este modo, las estructuras económicas y sociales permanecen invariables al no ser puestas en entredicho al no ser objeto de la lucha política.
Thomas Frank señala que el conservadurismo populista estadounidense es la política del autoengaño para los votantes de clase obrera.
Y se basa en al auotengaño porque los conservadores han observado que la gente confunde sus intereses principales, lo que les permite profundizar más y más en el neoliberalismo económico, con el consiguiente menoscabo para los intereses de la clase trabajadora.
La clase social para los neoconservadores poco o nada tiene que ver con el lugar que se ocupa en la estructura socioeconómica del país. Para ellos la clase social tiene que ver con la autenticidad, es un bien cultural, un estilo de vida, por lo que queda en un segundo plano el trabajo que se desempeña y los ingresos que se obtienen.
El obrero, entonces, no es obrero porque desempeñe un trabajo de obrero, si no por una retahila de valores, tales como la modestia, la humildad, el gusto por el trabajo bien hecho, la responsabilidad, ...
Al separar a la clase social de la economía los neoconservadores han constituido una alternativa para el descontento obrero: la lucha por los valores tradicionales del pueblo nortemaericano.
El conflicto social no está dado por la redistribución de la riqueza de un modo más justo, si no por las batallas culturales que lo que pretenden es imponer los valores conservadores al conjunto de la sociedad.
El libre mercado, su funcionamiento y sus consecuencias quedan fuera de toda controversia política. Es inviolable. Lo peor es que este posicionamiento político ha sido tomado por el Partido Demócrata norteamericano.
La eliminación de las cuestiones de carácter económico y de los negocios en el debate político ha sido sistemática.
Ahora la batalla política se libra en el campo de lo simbólico, en las batallas culturales, en la referencia a los valores, considerando a éstos como la interpretación de la cultura como algo esencialmente conservadora.
La economía de libre mercado, definición del sistema de producción capitalista preferida por los neoconservadores, es infalible. Es más, el capitalismo tiene algo de benevolente para todo el mundo, según su visión.
El mundo de los negocios, por su parte, también es ajeno al debate político. Las operaciones empresariales no son objeto legítimo de crítica social, ya que hacer negocios es algo natural, normal, que está por encima de la política, por lo tanto no cabe discutir sobre estas cuestiones.
La ausencia de cualquier tipo de crítica al sistema capitalista y al mundo de los negocios ha sido sustituido por la satisfacción personal e individual en clave pseudoespiritual, tal y como puede suceder con el veganismo, la ecología individual, el animalismo, las identidades sexuales, ...
Todo ello envuelto en una estrategia manipuladora que hace que las políticas autodestructivas para los intereses de la clase obrera sean votadas por la propia clase obrera. Las salidas que ofrece el sistema son individuales e individualizantes.
Así, para los conservadores el debate político se encuentra en alimentar una lucha por los valores de clase y el primer paso para conseguirlo es negar el fundamento económico de las clases sociales y, por tanto, de la estructura social.
Se debe tener en cuenta que la comunidad empresarial es la mayor integrante, como no puede ser de otra manera, del conservadurismo social.
Por su parte, la industria cultural también ha desempeñado su papel, quitando paulatinamente importancia al mundo del trabajo, frente a las representaciones del mundo de las corporaciones empresariales y los negocios.
La industria cultural se ha quedado como herramienta de propaganda neoconservadora pura y simplemente, en la mayoría de los casos.
Los neoconservadores practican una interpretación mecánica de la cultura como uno de los muchos frentes de la lucha política.
Su visión es propio de la paranoia, de la persecución incansable en su contra, de teorías de la conspiración que dan sentido a lo vivido, de ahí que su visión del mundo sea un reflejo cada vez más alejado de la realidad.
Los valores conservadores conllevan que el mundo de la cultura sea más importante que la economía, ya que esta última cuenta con la ventaja de que no es puesta en cuestión de ningún modo, y se aprovechan de la famosa crisis de identidad y de valores de la sociedad actual.
Mediante la extensión de los estereotipos, tales como la élite progresista frente a los americanos que trabajan; se critica tanto la decadencia moral del país, como la imagen del verdadero trabajo manual esforzado, del hombre que suda y se cansa por la labor concreta y tangible que está realizando frente al trabajador de oficina, trajeado, limpio y aseado, que vive de los impuestos que paga el primero y que encima posee una superioridad moral que le lleva a criticar al primero por su estilo de vida corriente y tradicional.
La élite progresiste de los Estados Unidos es tachada de nueva clase, de "intelectuales", de ser excesivamente educada con un punto de alejamiento de los que no son educados como ellos, de despreciar las creencias y costumbres de las gentes, de cierto clasismo, engreimiento, de ser snobs, "progres", manipuladores de la opinión pública, burócratas al servicio de un Estado siempre grande, de parasitar a la gente que trabaja, de disfrutar de gustos pretenciosos, tienen pretensiones de superioridad moral, son extravagantes por sus gustos a la europea frente a los gustos americanos, se sientes superiores a las personas que tienen menos dinero, de practicar un inmoral comportamiento nihilista, poseen y divulgan ideas nuevas y perniciosas para la sociedad, son influyentes en la política y en la economía, se piensan que son invencibles, son frívolos ante las normas morales de las gentes sencillas y, como corolario, odian a la gente corriente, a las personas que no son como ellos.
El conflicto entre clases, que bajo la ideología neoconservadora puede ser calificada como de una lucha social darwinista, enfrenta a la gente común con esta élite progresista, La lucha se da entre productores y parásitos que viven de lo que los primeros producen; entre trabajadores y acomodados en la administración pública o en oficinas, en las que no se sabe muy bien qué se hace; entre gente corriente y snobs.
El conflicto entre clases no es por cuestiones materiales de carácter económico, si no por valores y estilos de vida.
La lucha de clases ahora se ha convertido, por los neoconservadores, en diferentes batallas culturales.
El descontento popular vira a la extrema derecha, hacia la derecha más conservadora. La rabia, el debate imposible sobre asuntos económicos, la unidad del país y la identidad nacional y el fanatismo religioso son las cuestiones sobre las que pivota la inversión de valores contemporánea.
Este neoconservadurismo juega con la cultura del movimiento, que es fundamental para la protesta de las masas. La gente disfruta viéndose, tratando las mismas cuestiones de igual manera, sintiéndose parte de algo más grande que él mismo, experimentado con formas democráticas, como pueden ser una asamblea o un comité.
El ultraconservadurismo es la doctrina de la mayoría oprimida, la que denuncia la hipocresía social imperante, aquella que se rebela desde abajo contra una clase dirigente arrogante, la que pone en juego el victimismo, la que lucha contra el refinamiento burgués importado de Europa por los progresistas.
El neoconsevadurismo tiene su campo de debate político en las batalla culturales.
Es la Cruzada en la que los interese materiales se dejan de lado, porque no interesan, para concentrarse en vagas reivindicaciones culturales, que se consideran muy importantes, pero que no se van a poder satisfacer de ninguna de las maneras. Y está el dato de que ningún Gobierno conservador ha derogado la legislación sobre el aborto, ni el divorcio, ni ha promulgado Leyes para que las ideas creacionistas o de diseño inteligente se impartan en la escuela y no la teoría de la evolución de Darwin, ni ha puesto en marcha mecanismos de censura en la industria cultural, como ejemplos.
El hecho de que ninguna de sus reivindicaciones en cuanto a valores obtenga la victoria conduce a que la sensación de impotencia se intensifique y empeore la alienación de los miembros de esta ola neoconservadora.
Sin embargo, saben que no se trata de ganar estas batallas culturales, si no de rasgarse las vestiduras de forma visible, ruidosa y ostensible, de hacerse la víctima frente a un poder estatal que no les comprende, de ahí su indignación, rabia y frustración.
Esta protesta airada es por el sentido de la justicia y la determinación de perseverar en sus valores, en sus ideas, por parte de los ultraconservadores.
La queja se vuelve incesante, llegando a respuestas insignificantes e inconexas, fruto del enojo y de la furía del que sabe que no va a vencer, de que su esfuerzo en quejarse es baldío.
Viven en un estado permanente de susceptible irritación con el mundo que les ha tocado vivir, frente a un pasado idealizado y respetuoso con sus valores tradicionales.
Es una derecha mesiánica que vive asentada en el fatalismo vital.
Una idea importante del libro de Thomas Frank y que trata de explicar el auge y expansión de las ideas y valores neoconservadores es el pensamiento positivo.
El pensamiento positivo manifiesta que sólo con poner buena cara y perseverancia en lo que se está haciendo, se alcanzará el éxito.
Sin embargo, y como es fácilmente deducible, el mundo no funciona así.
Así emerge en las personas que han creído en el pensamiento positivo la frustración, la sensación de derrota, el odio, sin culpar al pensamiento positivo de su falta de sentido práctico, si no al mundo que ha abandonado el buen camino y está en declive. De ahí, el resentimiento que poseen este tipo de personas.
Los neoconservadores aprovechan este resentimiento entre los estratos más bajos de la clase trabajadora, aquella que ha sido objeto de desahucios de sus domicilios, aquellos que han perdido su empleo por el cierre de la fábrica en su pueblo, por la externalización del trabajo que estaban haciendo y que se ha marchado a otro país, porque los costos laborales eran más bajos y no había sindicatos; aquellos que han perdido el acceso a la sanidad, ... ,para que voten a los partidos neoconservadores.
Se podría decir que los obreros votan a los partidos de derechas conservadores por lo que les gustaría ser, aunque vaya muy en contra de sus necesidades, en vez de votar como la gente que son. Se podría considerar un aspecto aspiracional de la clase trabajadora en el momento de emitir su voto.
El ultraconservadurismo proporciona una identidad individual, como una forma de entender la autenticidad y el victimismo que profesan, que es a través de la indignación, la furia, el odio y la autocompasión.
Tienen, además, una explicación irrefutable de la realidad, capaz de dar sentido al descontento de la gente corriente, eximiendo de cualquier responsabilidad al sistema económico, que es intocable. La motivación viene dada, entonces, por el declive moral que genera un más que notable disgusto entre la población.
Así, las gentes ignoran sus intereses económicos para, en un acto de abnegación, sacrificarse por una causa mucho más noble: los valores de América, el camino de la rectitud.
Se trata de preservar un orden social mítico de un pasado remoto, entrando en juego el anhelo y la ensoñación de lo que cada uno quiera entender.
La ola conservadora se puede concentrar en una sola palabra: malestar.
Hay dos aspectos que conviene resaltar en el éxito, hasta el momento, de la agenda neoconservadora. Por un lado, el anti-intelectualismo, cosa de progres y que atenta contra el estilo de vida norteamericano, y por otro lado, el papel que ha desempeñado el fanatismo religioso.
El anti-intelectualismo es un claro ataque al bloque progresista y liberal norteamericano.
Son acusados de pertenecer a la clase dirigente, a la élite del Gobierno Federal, por lo que no son el norteamericano corriente y auténtico, si no enemigos de la gente sencilla. Sólo la clase obrera defiende el estilo de vida de América.
Son resabiados y ambiciosos, que sólo se mueven por dinero.
Tienen una superioridad moral propia de los sabelotodo y están endiosados. Quieren reorganizar y reformar todos los aspectos de la vida privada de las personas.
Son arrogantes, controvertidos e insensatos, y han sido promovidos por la clase empresarial. Son profesionales altivos que desdeñan a la gente ignorante; imponen sus ideas de experto progresista en un mundo que no le está permitido contestar.
Por lo que respecta al papel desempeñado por el fanatismo religioso, éste se articula a través de diversas protestas: contra la altiva clase dirigente, la élite intelectual del país, el mundo moderno y progresista y contra la ortodoxia religiosa disecada. Su religiosidad roza la denuncia a los que no son religiosos como ellos, de ahí la crítica a los liberales por su ateísmo.
Su popularidad reside en que ha sabido conectar con la parafernalia rebelde y alternativa propia de la cultura juvenil, aunque sea muy crítica con la contracultura norteamericana de los años 60, por una parte, y, por otra, su generosidad espiritual y su entorno humilde hablan de la quitaesencia norteamericana.
Su insatisfacción con el mundo moderno y progresista conduce a un anhelo por la continuidad, la unidad y la ortodoxia.
Son muy amantes de las teorías conspirativas, lo que les permite dar una explicación causal a cualquier fenómeno político y cultural del país.
Su amargura ideológica es implacable y ahí reside su cultura de la victimización en la que se encuentran tan cómodos.
Ofrece autenticidad, rebelión, nobleza de la victimas, individualidad en un mundo plagado de peligros y de tentaciones.
La salida a la contrarrevolución conservadora pasa por repolitizar la economía. La economía y la política económica deben volver a ser el centro del debate político.
Para la izquierda esta cuestión es primordial. Pero esta baza debe ser jugada por una izquierda que sea anticapitalista, que sea coherente con esa idea, no esa izquierda que no pone en cuestión el sistema económico capitalista y que sólo se dedica a gestionar sus consecuencias y deficiencias.
El sistema de producción capitalista tiene que ser impugnado en su totalidad.
Volvamos a la pregunta del comienzo de este texto, ¿cómo es posible que la clase obrera vote a partidos políticos neoconservadores o ultraliberales?
La inversión de los valores en nuestras sociedades actuales, donde los procesos de cambio social se suceden con una rapidez inusitada, y donde el sistema económico capitalista y su actividad económica han dejado de ser el centro del discurso político, han dado paso a que el conflicto social en torno a las cuestiones materiales ligadas al capitalismo haya sido usurpado por conflictos en torno a valores, símbolos y estilos de vida, lo que se ha venido a llamar batallas culturales.
Sin duda hay elementos que han actuado a favor de este cambio de objeto en el conflicto social.
Ideas tales como el sueño americano, el pensamiento positivo, la nostalgia de tiempos pasados mejores han desempeñado un importante papel en manos del pensamiento neoconservador.
El pensamiento positivo actúa como una gran anestesia social, al proponer y hacer que asumamos que los problemas que sufrimos son de carácter individual, -no saber adaptarse, no esforzarse lo suficiente-, y nunca de carácter colectivo, por el número de personas que los padecen, o tener un origen social.
En la actualidad, ahondando en el pensamiento positivo y sus consecuencias, están los libros de autoayuda que, lamentablemente, son éxitos de ventas.
Ahora bien, sus ideas conservadoras y tradicionalistas y su correlato en las batallas culturales, su victimismo, no hubieran podido llegar hasta donde han llegado si los medios de comunicación y la industria cultutral no les hubieran dado la relevancia y el protagonismo del que disfrutan.
Tan sólo hay recordar que la industria cultural y los medios de comunicación son empresas que desarrollan su actividad en el mercado, sujeto a las leyes de la oferta y de la demanda, al número de lectores que leen y comparten sus noticias, a las audiencias de sus programas en televisión, al número de abonados de sus canales de televisión, al monto total de la taquilla en el estreno de la última película producida.
Son empresas privadas que sólo buscan el beneficio económico, la generación de valor para sus accionistas, que son, en definitiva, a los únicos que deben rendir cuentas. Ahí termina su responsabilid.
El problema es que los medios de comunicación, en particular, y la indistria cultural en su conjunto son propiedad de grandes corporaciones multinacionales que tienen una ideología neoconservadora, en el plano social, y ultraliberales, en el plano económico. De ahí que promuevan y extiendan entre la sociedad estas ideas neoconservadoras y ultraliberales entre sus audiencias.
Además, no es en absoluto desdeñable, el papel que desempeñan en fijar la agenda política, coincidente con los intereses de neoconservadores y ultraliberales. Y la izquierda sigue el juego de esta agenda política marcada por otros sólo respondiendo a esas demandas ajenas, sin estrategia y sin poner en cuestión el orden establecido.
El conflicto social ha pasado de la lucha de clases a las batallas culturales, un gran éxito de la derecha política.
Las batallas culturales no suponen una contestación al sistema de producción capitalista, que es el núcleo del del conflicto social de nuestras sociedades, si no que ahora el conflicto social es por valores, estilos de vida, símbolos por lo que el conflicto social es estéril y beneficioso para el sistema capitalista, que ni es puesto en cuestión, ni es impugnado.

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