La razón populista. Ernesto Laclau

La tesis central del libro es la formación de las identidades colectivas, dada la heterogeneidad social.

El populismo podría definirse como el modo de construir lo político, como el modo de estructurar la vida política.

Los elementos que componen el populismo son el discurso, los significantes vacíos, la hegemonía y la retórica.

El discurso es la constitución de la objetividad como tal, al establecerse las relaciones entre los elementos que componen el propio discurso.

Por lo que respecta a los significantes vacíos y la hegemonía, Laclau manifiesta que la identidad es construida en el interior de la tensión entre la lógica de la diferencia y la lógica de la equivalencia. 

La hegemonía es la particularidad que asume una significación universal inconmensurable consigo misma. Es la construcción de una identidad popular a partir de una pluralidad de demandas democráticas, por lo que la identidad popular se produce dentro del complejo relacional.

La identidad hegemónica, pasa a pertenecer al orden del significante vacío, como totalidad inalcanzable, como una totalidad fallida, como un horizonte y, por lo tanto, no como un fundamento.

La relación hegemónica se produce cuando una diferencia particular asume la representación de una totalidad que la excede por completo.

En este punto cobra importancia la retórica. El significante vacío surge de la necesidad de nombrar un objeto que es a la vez imposible y necesario. De ahí la importancia que cobran la catarsis y la sinécdoque.

Aunque Laclau admite la imposibilidad de definir el término populismo, al entender la multiplicidad de formas que pude revestir, el rechazo al elitismo político, la dimensión de la cultura política y la vaguedad del propio discurso populista, -el pueblo vs la élite política-, que es consecuencia de lo que Saussure apuntó al decir que en el lenguaje no existen términos positivos, si no sólo diferencias.

El populismo es una forma de constituir la propia unidad del grupo. El pueblo, concepto fundamental en las tesis de Laclau, no es una expresión ideológica, si no una relación entre agentes sociales. Es la forma de constituir la unidad del grupo.

Las unidades de análisis para Laclau vienen dadas por los conceptos de grupo y de demanda social, entendiéndose la demanda como petición, reclamo.

El populismo podría entenderse como la transición que hay entre la petición y la reclamación.

Las demandas sociales tienen dos aspectos. Por un lado, las demandas democráticas, que es una demanda aislada, y, por otro lado, las demandas populares, que es la equivalencia de una pluralidad de demandas que, a través de su articulación equivalencial constituyen una subjetividad social más amplia, llegándose a producir la constitución de pueblo como actor histórico potencial.

El populismo requiere de unas precondiciones o de unas condiciones estructurales.

Requiere de la formación de un frontera interna de carácter antagónica que suponga la separación del pueblo del poder.

La articulación de las demandas de forma equivalencial es lo que conduce al surgimiento del pueblo.

Y la unificación de diversas demandas en un sistema estable de significación, como expresión de las cadenas equivalenciales, así como mediante su unificación simbólica.

Cuanto más extensa es la cadena equivalencial, la naturaleza de los vínculos que forman su composición será más mixta.

Las fuerzas implicadas en la confrontación deben atribuir a algunos de los componentes equivalenciales un papel de anclaje que los haga distintos del resto, otorgando a sucesivos contenidos concretos un sentido de continuidad temporal. Son los significantes vacíos.

El populismo presenta tres dimensiones.

Una unificación de una pluralidad de demandas en una cadena equivalencial.

La constitución de una frontera interna que divida a la sociedad en dos campos.

Y la consolidación de la cadena equivalencial a través de la construcción de una identidad popular que es algo más que la suma de los lazos equivalenciales, como valor añadido.

Para Laclau las formas de la construcción de lo social son aquellas que afirman la particularidad, ya sea mediante la propia particularidad de las demandas o mediante la naturaleza diferencial de los vínculos con otras particularidades contra la claudicación parcial de las particularidades, destacando así lo que las particularidades tienen en común de forma equivalente, lo que da lugar a la frontera antagónica entre los dos campos.

En el primer caso se estaría hablando de la lógica de la diferencia y en el segundo se trataría de la lógica de la equivalencia.

La lógica de la equivalencia y la lógica de la diferencia son incompatibles entre sí, aunque se necesiten la una a la otra, al tratarse de condiciones necesarias para la construcción de lo social.

Lo social se establece como el lugar de la tensión entre esas dos lógicas, -la equivalencial y la diferencia-, que es irresoluble.

El populismo precisa de unos requisitos, que son dos.

Por una parte, la división dicotómica de la sociedad, presentándose una de esas divisiones como una parte que reclama ser el todo. De ahí la división antagónica del campo social.

Y, por otra parte, la constitución del campo popular, que es la construcción de una identidad global a partir de la equivalencia de una pluralidad de demandas sociales.

Antes se ha hablado de la frontera antagónica que divide a la sociedad en dos campos.

La frontera antagónica supone una concepción de la sociedad como dos campos irreductibles, estructurados en torno a dos cadenas equivalenciales que son incompatibles, de ahí su antagonismo.

La radicalidad del corte que opera la frontera antagónica implica que su concepto, como tal, sea irrepresentable.

La frontera antagónica es un espacio fracturado, que representa la falta, la brecha que ha surgido en la continuidad de la armonía social. Esta brecha viene dada por una demanda que no ha sido satisfecha, y en este punto hay que tener en cuenta que una demanda siempre se dirige hacia alguien que puede satisfacerla.

Este espacio fracturado también hacer referencia a la pluralidad de la comunidad que está ausente y que es el primer paso para la construcción del "pueblo".

El espacio fracturado conlleva que las demandas planteadas no hayan sido ssatisfechas y la consecuencia de que se desintegre el marco simbólico, por lo que se pone en marcha la construcción de un nuevo marco simbólico que tenga en su seno la satisfacción de esas demandas.

Se produce, en este espacio, una tensión entre la diferencia y la equivalencia en el seno del conjunto de las demandas, que se han transformado en "populares" mediante su articulación.

Es importante destacar que la lógica de la diferencia es primordial sobre las rupturas equivalenciales.

El populismo presenta una dimensión del registro discursivo y normativo que es adoptado por los poderes políticos, por lo que es un elemento democrático en los sistemas representativos democráticos

El populismo presenta dos caras. Por una parte, se presenta así mismo como subversivo frente al estado de cosas existente y, por otra parte, como el punto de partida de una construcción radical, en mayor o menor medida, de un nuevo orden, una vez que el anterior orden se ha debilitado.

El populismo puede ser visto como un arsenal de herramientas retóricas, -significantes flotantes-, que puden tener los usos ideológicos más diversos. Por lo tanto, el populismo pude ser de izquierdas o de derechas.

Por lo que respecta a los significantes flotantes, Laclau señala que el particularismo de las demanda entra en la indecisión entre fronteras equivalenciales, que son alternativas y antagónicas. Flota entre dos espacios equivalenciales, que son el pueblo y la hegemonía. Esto es más visible en períodos de crisis orgánica, que es cuando el sistema simbólico requiere una reforma radical.

El significante flotante supone la indefinición de la relación equivalencial.

Es un intento de aprehender conceptualmente la lógica de los desplazamientos en la frontera generada por el antagonismo pueblo-hegemonía.

Además, es fundamental en el proceso de construcción del pueblo.

El concepto de pueblo como categoría social en Laclau es fundamental.

Le atribuye el rol constitutivo atribuido a la heterogeneidad de lo social, que es primordial e irreductible. La heterogeneidad es deficiente y presenta una unidad fallida, que requiere, por tanto, una construcción social contingente ya sea mediante la articulación o mediante la hegemonía.

El pueblo es también para el autor un concepto político.

La estructuración interna del pueblo viene dada por los requisitos que precisa el populismo.

Estos requisitos son, por una parte, el vínculo equivalencial y, por otra parte, la necesidad de una frontera interna.

La relación equivalencial es la que proporciona la identidad popular. En un momento histórico dado se pasaría del sentimiento de solidaridad entre los sujetos a una identidad discursiva entre ellos, sintiéndose reflejados en ese discurso, dado el lazo equivalencial. Es la transición de las demandas individuales a las demandas populares mediante la construcción de vínculos equivalenciales, produciéndose una condensación alrededor de la identidad popular.

Las identidades populares presentan diferentes aspectos.

La demanda que cristaliza en la identidad popular está dividida en su interior, al partir de una demanda particular y por la propia particularidad significa algo diferente así misma, dada la cadena total de demandas equivalenciales. Es un significante de una universalidad más amplia.

Un requisito de la identidad popular es la condensación en torno a algunos significantes que se refieren a la cadena equivalencial como una totalidad.

Y el pueblo es, en definitiva, una cadena equivalencial.

El pueblo, en su acto de institución hace que se cree un nuevo actor político a partir de una serie de elementos heterogéneos, de ahí que para Laclau la unidad mínima de análisis sea la demanda sociopolítica. La unidad del grupo vendría dada por el sumatorio de demandas.

La asimetría es esencial en la comunidad considerada como un todo, populus, y los de abajo, plebs. Esta asimetría reside en la universalidad del populus frente a la parcialidad de la plebs, que es un actor histórico ya que su lógica de construcción es la razón populista.

La relación entre populus y plebs es lugar de tensión, siendo esta tensión la que asegura el carácter político de la sociedad. Ese lugar de tensión es fundamental en la construcción de una subjetividad política.

La pluralidad de las demandas sociales produce, en última instancia, la unidad del agente social, ya que la pluralidad de las demandas se unen por las relaciones equivalenciales de contigüidad, -metonimia.

La nominación es el momento culminante en la constitución de un pueblo, al dar lugar a la constitución de las identidades populares. Aquí se destaca la importancia del lazo afectivo y de la lógica de la equivalencia, al funcionar el afecto como un catalizador en la lógica de las equivalencias y al tratarse del aspecto emocional del populismo.

La nominación es la identidad y unidad del objeto, ya que son el resultado del propio proceso de nominación.

Presenta, además, la característica de que la nominación no está subordinada ni a una descripción ni a una designación precedente, al ser un significante contingente y vacío de tal forma que el nombre es el fundamento de la cosa.

La singularidad de la nominación está vinculada con la heterogeneidad social.

Las condiciones históricas que posibilitan la aparición y la expansión de las identidades populares tienen que ver con las condiciones estructurales, que suponen la multiplicación de las demandas heterogéneas sociales, que consiguen cierta unidad a través de las articulaciones políticas equivalenciales.

Los aspectos destacados de las identidades populares son las que se detallan a continuación.

La demanda que cristaliza en la identidad popular se encuentra dividida en su interior, bien como una demanda particular, bien porque su propia particularidad significa algo diferente así misma, al tratarse de una cadena total de demandas equivalenciales. Esto se debe a que se trata de un significante de una universalidad mucho más amplia.

El requisito de la identidad popular viene dado por la condensación, en torno a algunos significantes que se refieren a la cadena equivalencial como una totalidad.

La identidad popular funciona como un significante tendencialmente vacío.

La existencia de cierta negatividad por las aquellas demandas que no han sido satisfechas, convirtiéndose estas demandas en denominaciones de una plenitud que está ausente.

La aparición de de puntos de tensión y negociación entre la universalidad y la particularidad.

La imprecisión y la vaguedad de los símbolos populistas debido a que el terreno social es radicalmente heterogéneo y por el vacío que queda después del establecimiento de los vínculos equivalenciales entre las demandas.

Finalmente, destaca la centralidad del líder al desempeñar los papeles de sugestión, manipulación, al aparecer como una forma extrema de la singularidad, -como forma de individualidad-, la identidad de la unidad del grupo con el nombre del líder y su papel fundamental e inherente en el momento de la formación de un pueblo.

La conceptualización del populismo viene dada por las siguientes cuestiones.

La lógica política, -relacionada con la institución de lo social-, surge de las demandas sociales, que son inherentes a cualquier proceso de cambio social, mediante la articulación variable de la equivalencia y de la diferencia entre las demandas y el momento equivalencial.

El momento equivalencial presupone la constitución de un sujeto político global que reúne una pluralidad de demandas sociales.

La lógica política implica la construcción de fronteras internas y la identificación de un "otro" institucionalizado.

El nombre y el afecto. La construcción del pueblo es radical, al ser una construcción que constituye agentes sociales y que no expresa una unidad del grupo previamente dada.

La heterogeneidad de las demandas a las que la identidad popular otorga una precaria unidad es irreductible, ya que la heterogeneidad no implica diferencias.

La importancia del nombre se encuentra en que en el momento de la unidad de los sujetos populares se produce en el nivel nominal y no en el nivel conceptual.

Los  límites entre las demandas que va a abarcar y aquellas demandas que va a excluir se desdibujan y provocan un cuestionamiento permanente.

El lenguaje del discurso populista será, de este modo, siempre impreciso y fluctuante porque opera de modo performativo en una realidad social que es heterogénea y fluctuante.

De esta forma, en el populismo, la vaguedad y la imprecisión son sus componentes esenciales.

Por lo que respecta al afecto, una determinada demanda adquiere en un momento dado una centralidad inesperada, volviéndose en contra de algo que la excede y no puede controlar por sí misma y que, no obstante, se convierte en un "destino" al que no puede escapar.

Las lógicas de la equivalencia y de la diferencia son antagónicas entre sí, aunque se requieren la una a la otra, lo que genera una tensión permanente entre dimensiones mutuamente relacionadas.

Así, cualquier pueblo emergente presenta dos caras. Por una parte, la ruptura con un orden existente y, por otra parte, introduciendo orden en una dislocación.

Las condiciones de emergencia de un poder popular vienen dadas por esta serie de cuestiones.

Se precisa de un significante vacío que constituya y exprese una cadena equivalencial.

El momento equivalencial se vuelve autónomo de sus lazos que lo integran. Hay equivalencia ya que existe una pluralidad de demandas y no está meramente subordinada a esas demandas, si no que desempeña un papel primordial para hacer posible la pluralidad.

La inscripción equivalencial presenta la tendencia a dar solidez y estabilidad a las demandas, pero a cambio restringe su autonomía.

Hay un doble juego de subordinación y autonomización de las demandas particulares, lo que provoca una tensión inestable pero necesaria para la cadena equivalencial.

El juego y la tensión entre lo heterogéneo y lo homogéneo.

El antagonismo presupone la heterogeneidad ya que la resistencia de lo antagónico no puede derivarse lógicamente de la forma de la fuerza que se hace antagónica.

Los puntos de resistencia a la fuerza que se hace antagónica siempre van a ser externos a ella.

Los puntos antagónicos intensos pueden ser solamente establecidos contextualmente, pero nunca deducidos de la lógica interna de ninguna de las fuerzas enfrentadas.

La frontera antagónica incorpora a un otro heterogéneo.

El "pueblo" va a ser siempre algo más que el opuesto puro al poder.

La heterogeneidad  está presente en el particularismo de las demandas equivalenciales, por lo que es lo que impide a algunas demandas incorporarse a la cadena equivalencial.

Es una presencia múltiple de lo heterogéneo en la estructuración del campo popular, al tener una complejidad interna que se resiste a la homogeinización dialéctica.

Los elementos para la emergencia del pueblo pueden ser considerados como la noción del populismo.

Estos elementos son tres.

Las relaciones equivalenciales representadas hegemónicamente mediante significantes vacíos.

Los desplazamientos de las fronteras internas mediante la producción de significantes flotantes.

Y la heterogeneidad constitutiva que imposibilita la dialéctica, por lo que se convierte en esencial la articulación política.

Para Laclau la operación política por excelencia es la construcción de un "pueblo", considerado como la construcción de una frontera del campo antagonista.

La representación política es biunívoca. La representación del representado hacia el representante y de éste hacia el representado.

La función del representante es transmitir la voluntad de los representados, dando credibilidad a esa voluntad.

Esta voluntad es siempre la voluntad de un grupo social y el representante debe demostrar la compatibilidad de esa voluntad con el interés del conjunto de la comunidad.

La representación es el medio de homogeneización de una masa heterogénea, produciéndose la identificación mediante la propia representación.

La representación desempeña un papel fundamental en la construcción del "pueblo". Sin ella y sus mecanismos es imposible la construcción del "pueblo". El significante vacío, en este punto, puede operar como un punto de identificación sólo porque representa una cadena equivalencial.

Representa la heterogeneidad, como la complejidad interna del pueblo desde la pluralidad de las demandas que forman la cadena equivalencial.

También representa la homogeneidad, ya que el significante vacío opera como un momento homogeneizante, que constituye la cadena equivalencial y la representa al mismo tiempo.

Toda identidad popular tiene una estructura interna que es esencialmente representativa.

La democracia, para Laclau, es la emergencia del lugar del poder como esencialmente vacío.

En cuanto a las teorías en torno a la democracia, estas son esencialmente dos.

La tradición liberal entiende la democracia como el gobierno de la Ley, la defensa de los derechos humanos y el respeto a la libertad individual.

La tradición democrática la entiende como igualdad, la identidad entre gobernantes y gobernados y la soberanía popular.

Históricamente se ha dado la articulación contingente entre ambas tradiciones de pensamiento político.

La democracia supone la constitución de una subjetividad popular.

Para el funcionamiento democrático resulta esencial e imprescindible la construcción de un pueblo. Es más, la posibilidad misma de la democracia depende de la constitución de un pueblo democrático.

De este modo, la democracia se encuentra fundada en la existencia de un sujeto democrático, cuya emergencia depende de la articulación vertical entre demandas equivalenciales.





La primera ocasión en la que oí hablar de populismo fue, a comienzos de los noventa, al profesor y sociólogo Alfonso Ortí.

Ortí comentaba el pavor que provocaba hablar de populismo pero para él, el populismo, no consistía más que en proporcionar lo que el pueblo demandaba, de ahí su profunda raíz democrática.

En el ámbito teórico, académico, la aportación de Laclau para dar cuenta de la construcción de la política es notable mediante su investigación sobre el populismo, independientemente de estar o no de acuerdo con él.

Y en este punto, es cuando es necesario remarcar que el populismo no es una ideología política, si no el modo en el que se articulan demandas políticas a un otro, generalmente, al Gobierno.

Desde una perspectiva marxista, las tesis de Laclau no pueden ser consideradas, ya que no realiza un análisis de clase, si no de algo tan heterogéneo y líquido como es la categoría de grupo social, la articulación de demandas y la constitución de un pueblo.

El propio Laclau escribe textualmente la necesidad de ir más allá de fórmulas estereotipadas y casi sin sentido como es la lucha de clases.

Y llegados a este punto se puede citar a Warren Buffet y su ya famosa frase, hay una guerra de clases y la estamos ganando los ricos.

Poco más se puede añadir a este respecto, más allá del éxito de las teorías postmodernas sobre la política, que teóricamente pueden resultar interesantes pero poco ayudan a la praxis de la política. En este sentido son estériles, por no decir que resultan muy perjudiciales.

Pero hablar de populismo y no hablar de Podemos se nos haría raro.

Tras la lectura de La razón populista puede afirmarse que Podemos trató de poner en práctica las tesis del libro de Laclau.

Pero, ay la teoría política es muy útil ex post, para dar cuenta y explicar los acontecimientos. En cambio, utilizar la teoría política para la generación de actividad política, esto es ex ante, presenta sobresalientes dificultades porque lo político es muy difícil que pueda ser proyectado, ya que hay que contar con el inmenso número de variables que intervienen, algunas de las cuales no han sido siquiera pensadas, por no tratar las cuestiones relativas a las consecuencias no queridas de una acción intencional, -Robert King Merton.

Podemos trató de articular los diferentes elementos que componen la razón populista para dar una respuesta a los efectos de la crisis, -precarización galopante de las relaciones laborales, recortes en las políticas sociales, desempleo estructural masivo, la disciplina en política económica impuesta por el FMI, ...

Podemos trató de testar las tesis populistas en nuestro país y de ahí la ventana de oportunidad que vieron dadas las gravísimas consecuencias de la crisis y la inesperada crisis institucional, en parte como consecuencia de la respuesta a la crisis, que ofrecían la posibilidad de afrontar la crisis desde posiciones políticas reformistas, nunca revolucionarias porque en ningún momento se puso en cuestión el sistema económico capitalista, verdadero responsable de la situación en la que nos hallamos inmersos.

El caso es que los significantes vacíos, la hegemonía, el pueblo, ..., no consiguieron asaltar los cielos, ni siquiera el suelo, al fíarlo todo al campo institucional vía procesos electorales que han dado de sí, lo que han dado de sí.

Y ante este experimento de Ciencia Política fallido, la población ha virado a posiciones de derecha y extrema derecha, como una respuesta a los efectos de la crisis. El próximo ciclo electoral lo confirmará.

Y lo cierto es que la lucha de clases existe y la van ganando los ricos por goleada.

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