El fin de la clase media. Esteban Hernández
Volvemos a la tan traída y llevada clase media.
Para el autor la clase media está en declive dada la actual crisis económica y las transformaciones que las sociedades están sufriendo: digitalización, financiarización de la economía, el fin del fordismo, ... Es la tesis central del libro.
La clase media, producto del Estado de Bienestar y base de la estabilidad social, lo es porque es el elemento cohesionador de la sociedad al asegurar el centro del sistema social frente a los extremismos políticos del fascismo, por un lado, y del comunismo, por otro. Y esto es así porque es el beneficiario del orden social establecido por el Estado de Bienestar, al ser su carácter conformista y por sentar las bases de la aceptación social al establecer las pautas de lo que es socialmente aceptable y lo que no. Sus características son la continuidad y la estabilidad.
La clase media tiene en su seno el conservadurismo respecto al sistema social y el progresismo en lo que concierne a la posibilidad de mejora individual. Por el lado conservador está contenta y satisfecha con el marco general y con aquello que le es dado. Por el lado progresista, guardan cierta insatisfacción respecto a lo que podrían conseguir.
Sus valores se encuentran en que en esa clase media reside el sentido común, el cumplimiento de las normas, la vigilancia frente a los excesos, su aceptable nivel de vida y disfrutar de una vida tranquila, dada su autocontención basada en la rutina, la estabilidad, los compromisos a largo plazo, -tanto en el plano laboral como en el vital-, la integración, la eficacia del control social.
Por su parte el trabajo bien hecho, el beneficio y la dedicación son los valores que definen su vida profesional, por lo que en un rasgo conservador es reticente ante las transformaciones que pueden provocar los cambios.
Por el contrario, su idea de progreso y de acumulación progresiva con el transcurrir del tiempo lleva a la idea de la mejora del nivel de vida de generación a generación, aspecto que queda en entredicho dada la actual crisis económica que provoca la desestabilización material de su existencia.
El caso es que en la actualidad, dado el contexto de crisis económica y de grandes transformaciones sociales, sus propiedades y sus profesiones se van depreciando progresivamente por el paso del tiempo y por la inversión en la ayuda económica a sus descendientes, que ya no disfrutan de una situación económica, más o menos desahogada, de sus progenitores.
La clase media se enfrenta de dos mundos: el anterior a crisis y la situación actual que les obliga a encarar la grave crisis que venimos padeciendo. Su vida estaba basada en la seguridad y en la estabilidad, y en estos momentos se encuentra sometida a la inseguridad y a la inquietud que genera la crisis debido a que no encuentra manera de controlar el sostenimiento material de su existencia.
Se encuentra sumida en la dialéctica que viene dada por su origen y las grandes transformaciones que ve a su alrededor y que afectan de manera grave a su estilo de vida.
Y es que la clase media ha perdido el control de los factores que determinaban su trayectoria profesional y laboral, pasando de la estabilidad a la incertidumbre que le atenaza en la actualidad.
Su estilo de vida tiene mucho que ver con el ejercicio de profesiones liberales, lo que facilitaba cierta idea de independencia y de libertad.
En sentido contrario, el trabajador por cuenta ajena valoraba más la seguridad en sus ingresos, en que estos mejorarían con el paso del tiempo y le permitirían gozar de un estilo de vida, basado en la propiedad y en el consumo, superior.
Esta clase media se encontraba muy ligada al territorio, al espacio. La localización de su negocio proporcionaba visibilidad y confianza en sus clientes al apoyarse en sus habilidades sociales.
En la actualidad ese espacio, ese territorio, ha sido sustituido por las redes digitales por lo que se encuentra sometido a una competencia feroz con las grandes empresas de la producción, los servicios y la distribución.
La respuesta es la indignación resignada ante los cambios en la vida profesional y laboral. Se está en una situación de malestar permanente asociada a la pasividad y al adocenamiento, debido al hacer siempre las cosas del mismo modo que antaño.
La carencia de los recursos necesarios para hacerse ver y obtener una fuerza negociadora se encuentra en la fuerte individualidad de su carácter lo que lleva al malestar ante sus situación a la baja. En cambio es incapaz de articular una acción colectiva de carácter político que produzca una reversión en los efectos de la crisis económica y de un mundo en constante transformación.
Están asistiendo a que la profesión que les proporcionaba identidad personal y social se transforma de manera inexorable en una fuerte precariedad profesional y personal.
Ante el futuro que les aguarda se desilusionan ya que es un futuro mucho peor que lo que esperaban y se indignan aún más al ver como sus valores, -el esfuerzo, la constancia, el trabajo bien hecho, cierto reconocimiento social-, son inútiles. La sensación de aislamiento y su intuición de que ya nada será como antes y que no hay salida, ni alternativa, conducen a la depresión, la ansiedad y la angustia ante un futuro que no es como esperaban que fuera.
La vida al final ya no se espera que sea justa si se ha tenido talento y se ha esforzado uno lo suficiente.
Los ganadores en esta ola de grandes transformaciones económicas y sociales son una élite masculina que controla los puestos clave en grandes empresas e instituciones y que cuentan con una capacidad estratégica y de gestión muy superior.
El nuevo management al que se enfrenta la clase media choca un tanto, o frontalmente, con sus valores. La necesidad de reinventarse constantemente, la adaptación a nuevos entornos, la fuerza de voluntad, la irrelevancia del lugar de procedencia, -ya sea física o social-, para alcanzar el triunfo, el no anclarse a lugares o experiencias, la capacidad de convertir en dinero buenas ideas y la fuerza del deseo, no constituyen ideas fuerza que motiven a una clase media que echa cada vez más de menos la estabilidad y la seguridad de la que gozaban anteriormente.
Aquella clase media que posee y dirige una pequeña o mediana empresa no les va mucho mejor que a los profesionales liberales o a aquellos trabajadores por cuenta ajena.
Estas empresas se encuentran sometidas a la brutal competencia de grandes empresas y observan como esa competencia es sencillamente inasumible. Los impuestos y los elevados costes fijos que aumentan año tras año son también inasumibles para mantener su empresa activa. Los márgenes de beneficio menguan año tras año. El coste del alquiler o compra de locales comerciales es cada vez más inalcanzable. Tampoco pueden asumir gastos salariales, por lo que recurren a la autoexplotación.
Los emprendedores, la solución dada por la política neoliberal al galopante desempleo, presenta un alto fracaso al surgir de la necesidad de encontrar una solución personal a la crisis, -la salida laboral del neoliberalismo a un grave problema social como es el desempleo masivo. Juega en su contra, además, la integración en una economía global.
Además, la competitividad, la creatividad y la economía de intangibles chocan con la mentalidad de la clase media de la eficacia y la calidad.
El emprendedor ve así como su proyecto empresarial, al que ha dedicado cientos de horas y sus menguados recursos económicos, es más un riesgo que una oportunidad.
La competencia en una economía globalizada hace que la competencia a la que tienen que hacer frente se vea como un monstruo que les engullirá más temprano que tarde.
La economía globalizada es algo inaprensible para la clase media. La competencia feroz y voraz, la comunicación incesante, los intangibles, las nuevas oportunidades y el talento son aspectos ajenos a la idiosincrasia de la clase media.
La necesidad de cambio en el modelo productivo por otro modelo en el que primen la innovación, la formación, el talento, el esfuerzo, la asunción de riesgos, el valor añadido, la determinación y la conexión de necesidades y recursos, tampoco ayudan en absoluto al reciclaje profesional y laboral de la clase media.
Y otro problema, no menos grave, es la rebaja creciente de salarios, de derechos sociales y de las prestaciones del Estado de Bienestar, que hacen que el presente y el futuro no sean nada halagüeños para esta clase media.
Por lo que respecta a la política, dada la crisis material y existencial en la que se encuentra la clase media, su respuesta es un tanto nihilista dado el creciente proceso de precarización de su vida.
Hernández confronta la vida pautada y reglada de la clase media con el deseo, aquello que se permite y admite en la intimidad pero no públicamente.
Así, aparece el mundo de las infinitas variaciones del deseo frente a las expectativas vitales negativas que ven en su horizonte vital.
También surge, a raíz del deseo, el inabarcable mundo de las experiencias con su capacidad de activar y desactivar anhelos, pasiones y curiosidades, más que con la satisfacción de necesidades. Es otro aspecto de la crisis material en la que se haya sumida la clase media, que intenta de este modo paliar, cuando no dejar a un lado, su crisis material.
En cualquier caso, la clase media plantea resistencias a un mundo en constante y rápida transformación, en las que demanda, tanto a la izquierda como a la derecha del arco ideológico, la estabilidad, seguridad y continuidad de su base material, sin que esas demandas sean atendidas.
El 15M es visto por el autor como la salida a la superficie de las demandas simbólicas, materiales y políticas de la clase media. Sus valores de un mundo horizontal, los acuerdos y los consensos, la inclusividad de sus demandas, la autoridad no imperativa, los liderazgos que dan poder al grupo y no al líder, la transparencia, la conexión y la conectividad, las relaciones, la democracia y la cooperación y la empatía son las demandas que efectúan ante el poder político.
Los aspectos políticos en los que se encuentra inmersa la clase media y que la generan inquietud e incertidumbre tienen que ver con que actualmente resulta inútil intentar dirigir los acontecimientos, la inquietud ofrece oportunidades para que crezca el yo, resulta fundamental la apertura a relaciones que ofrezcan y permitan descubrir nuevos caminos, la potencia de la mezcla, lo híbrido, lo impuro, de las influencias múltiples y una cooperación que permite una participación activa e inclusiva en el seno de la comunidad de pertenencia.
La situación es muy grave para esta clase media que se encuentra así misma desubicada en la actualidad y que observa como ya nada será como antes.
Al leer un libro de esta temática el lector se genera expectativas.
En mi caso particular, esperaba que la crisis que azota la clase media y la generación de un nuevo orden social dadas las transformaciones sociales, refutase la hipótesis marxista de la creciente polarización social en dos clases antagónicas en el seno del modo de producción capitalista.
Lo cierto es que el autor no es marxista e incluso trata con cierto desdén, por lo menos esa ha sido mi percepción, la teoría marxista al respecto.
Sí que es cierto que estamos inmersos en una sociedad crecientemente desigual, en la que todo lo que parecía sólido se desvanece en el aire y aún somos incapaces de ver cuál será el nuevo orden social, aunque dadas las transformaciones y la velocidad con la que está produciéndose el cambio social habrá, como en todos los procesos de esa naturaleza, ganadores y perdedores.
Y uno de los perdedores va a ser sin duda la clase media, que verá como sus efectivos serán progresivamente proletarizados en una economía globalizada en la que los recursos están muy desigualmente distribuidos.
Crecientemente proletarizados por la vuelta de las ideas de un taylorismo que se creía superado y que vuelve con las fuerzas renovadas que les ofrece la digitalización de las sociedades, el big data y los algoritmos.
Hay que considerar también la inoperancia política de la clase media ante un mundo en constante transformación, que es incapaz de una acción política colectiva que ofrezca algún tipo de resistencia a esas transformaciones socioecnómicas y a sus efectos.
En esta situación es bueno recordar la tesis de Polanyi en La gran transformación. La mutación del modo de producción capitalista en la actualidad conlleva la quiebra de los lazos sociales que se habían compuesto en las sociedades del bienestar.
Siguiendo a Polanyi ya sabemos que la instauración del modo de producción capitalista supuso la ruptura de los lazos sociales de las sociedades precedentes al liberar de trabas los factores de producción para el desarrollo de las relaciones de producción capitalista.
También conocemos el corolario de esa liberación de los factores de producción y de la grave crisis de 1929: la aparición del nacional-socialismo y del fascismo como ofertas políticas que pretendían la generación de lazos sociales en un marco nacional y en el que se purgaba la responsabilidad de la situación de crisis al otro, al no nacional, al antagonista político. Y sabemos que la clase media, castigada duramente por los efectos de la crisis del 29, abrazó la causa del nacional-socialismo y del fascismo frente a la alternativa política que venía dada por el comunismo.
Finalmente, hay que destacar la crítica cultural que emplea Hernández para ilustrar la crisis de la clase media, apoyándose en ciertos estilos musicales que van desde la americana, el Alt-Country, el Rock & Roll primigenio, el Hip-Hop y la nueva psicodelia norteamericana, que encarnan desde el gusto y la veneración por lo verdadero y lo real hasta los nuevos valores del narcisismo y el individualismo desbocado que promueve el capitalismo actualmente, propios de la clase media.
Para el autor la clase media está en declive dada la actual crisis económica y las transformaciones que las sociedades están sufriendo: digitalización, financiarización de la economía, el fin del fordismo, ... Es la tesis central del libro.
La clase media, producto del Estado de Bienestar y base de la estabilidad social, lo es porque es el elemento cohesionador de la sociedad al asegurar el centro del sistema social frente a los extremismos políticos del fascismo, por un lado, y del comunismo, por otro. Y esto es así porque es el beneficiario del orden social establecido por el Estado de Bienestar, al ser su carácter conformista y por sentar las bases de la aceptación social al establecer las pautas de lo que es socialmente aceptable y lo que no. Sus características son la continuidad y la estabilidad.
La clase media tiene en su seno el conservadurismo respecto al sistema social y el progresismo en lo que concierne a la posibilidad de mejora individual. Por el lado conservador está contenta y satisfecha con el marco general y con aquello que le es dado. Por el lado progresista, guardan cierta insatisfacción respecto a lo que podrían conseguir.
Sus valores se encuentran en que en esa clase media reside el sentido común, el cumplimiento de las normas, la vigilancia frente a los excesos, su aceptable nivel de vida y disfrutar de una vida tranquila, dada su autocontención basada en la rutina, la estabilidad, los compromisos a largo plazo, -tanto en el plano laboral como en el vital-, la integración, la eficacia del control social.
Por su parte el trabajo bien hecho, el beneficio y la dedicación son los valores que definen su vida profesional, por lo que en un rasgo conservador es reticente ante las transformaciones que pueden provocar los cambios.
Por el contrario, su idea de progreso y de acumulación progresiva con el transcurrir del tiempo lleva a la idea de la mejora del nivel de vida de generación a generación, aspecto que queda en entredicho dada la actual crisis económica que provoca la desestabilización material de su existencia.
El caso es que en la actualidad, dado el contexto de crisis económica y de grandes transformaciones sociales, sus propiedades y sus profesiones se van depreciando progresivamente por el paso del tiempo y por la inversión en la ayuda económica a sus descendientes, que ya no disfrutan de una situación económica, más o menos desahogada, de sus progenitores.
La clase media se enfrenta de dos mundos: el anterior a crisis y la situación actual que les obliga a encarar la grave crisis que venimos padeciendo. Su vida estaba basada en la seguridad y en la estabilidad, y en estos momentos se encuentra sometida a la inseguridad y a la inquietud que genera la crisis debido a que no encuentra manera de controlar el sostenimiento material de su existencia.
Se encuentra sumida en la dialéctica que viene dada por su origen y las grandes transformaciones que ve a su alrededor y que afectan de manera grave a su estilo de vida.
Y es que la clase media ha perdido el control de los factores que determinaban su trayectoria profesional y laboral, pasando de la estabilidad a la incertidumbre que le atenaza en la actualidad.
Su estilo de vida tiene mucho que ver con el ejercicio de profesiones liberales, lo que facilitaba cierta idea de independencia y de libertad.
En sentido contrario, el trabajador por cuenta ajena valoraba más la seguridad en sus ingresos, en que estos mejorarían con el paso del tiempo y le permitirían gozar de un estilo de vida, basado en la propiedad y en el consumo, superior.
Esta clase media se encontraba muy ligada al territorio, al espacio. La localización de su negocio proporcionaba visibilidad y confianza en sus clientes al apoyarse en sus habilidades sociales.
En la actualidad ese espacio, ese territorio, ha sido sustituido por las redes digitales por lo que se encuentra sometido a una competencia feroz con las grandes empresas de la producción, los servicios y la distribución.
La respuesta es la indignación resignada ante los cambios en la vida profesional y laboral. Se está en una situación de malestar permanente asociada a la pasividad y al adocenamiento, debido al hacer siempre las cosas del mismo modo que antaño.
La carencia de los recursos necesarios para hacerse ver y obtener una fuerza negociadora se encuentra en la fuerte individualidad de su carácter lo que lleva al malestar ante sus situación a la baja. En cambio es incapaz de articular una acción colectiva de carácter político que produzca una reversión en los efectos de la crisis económica y de un mundo en constante transformación.
Están asistiendo a que la profesión que les proporcionaba identidad personal y social se transforma de manera inexorable en una fuerte precariedad profesional y personal.
Ante el futuro que les aguarda se desilusionan ya que es un futuro mucho peor que lo que esperaban y se indignan aún más al ver como sus valores, -el esfuerzo, la constancia, el trabajo bien hecho, cierto reconocimiento social-, son inútiles. La sensación de aislamiento y su intuición de que ya nada será como antes y que no hay salida, ni alternativa, conducen a la depresión, la ansiedad y la angustia ante un futuro que no es como esperaban que fuera.
La vida al final ya no se espera que sea justa si se ha tenido talento y se ha esforzado uno lo suficiente.
Los ganadores en esta ola de grandes transformaciones económicas y sociales son una élite masculina que controla los puestos clave en grandes empresas e instituciones y que cuentan con una capacidad estratégica y de gestión muy superior.
El nuevo management al que se enfrenta la clase media choca un tanto, o frontalmente, con sus valores. La necesidad de reinventarse constantemente, la adaptación a nuevos entornos, la fuerza de voluntad, la irrelevancia del lugar de procedencia, -ya sea física o social-, para alcanzar el triunfo, el no anclarse a lugares o experiencias, la capacidad de convertir en dinero buenas ideas y la fuerza del deseo, no constituyen ideas fuerza que motiven a una clase media que echa cada vez más de menos la estabilidad y la seguridad de la que gozaban anteriormente.
Aquella clase media que posee y dirige una pequeña o mediana empresa no les va mucho mejor que a los profesionales liberales o a aquellos trabajadores por cuenta ajena.
Estas empresas se encuentran sometidas a la brutal competencia de grandes empresas y observan como esa competencia es sencillamente inasumible. Los impuestos y los elevados costes fijos que aumentan año tras año son también inasumibles para mantener su empresa activa. Los márgenes de beneficio menguan año tras año. El coste del alquiler o compra de locales comerciales es cada vez más inalcanzable. Tampoco pueden asumir gastos salariales, por lo que recurren a la autoexplotación.
Los emprendedores, la solución dada por la política neoliberal al galopante desempleo, presenta un alto fracaso al surgir de la necesidad de encontrar una solución personal a la crisis, -la salida laboral del neoliberalismo a un grave problema social como es el desempleo masivo. Juega en su contra, además, la integración en una economía global.
Además, la competitividad, la creatividad y la economía de intangibles chocan con la mentalidad de la clase media de la eficacia y la calidad.
El emprendedor ve así como su proyecto empresarial, al que ha dedicado cientos de horas y sus menguados recursos económicos, es más un riesgo que una oportunidad.
La competencia en una economía globalizada hace que la competencia a la que tienen que hacer frente se vea como un monstruo que les engullirá más temprano que tarde.
La economía globalizada es algo inaprensible para la clase media. La competencia feroz y voraz, la comunicación incesante, los intangibles, las nuevas oportunidades y el talento son aspectos ajenos a la idiosincrasia de la clase media.
La necesidad de cambio en el modelo productivo por otro modelo en el que primen la innovación, la formación, el talento, el esfuerzo, la asunción de riesgos, el valor añadido, la determinación y la conexión de necesidades y recursos, tampoco ayudan en absoluto al reciclaje profesional y laboral de la clase media.
Y otro problema, no menos grave, es la rebaja creciente de salarios, de derechos sociales y de las prestaciones del Estado de Bienestar, que hacen que el presente y el futuro no sean nada halagüeños para esta clase media.
Por lo que respecta a la política, dada la crisis material y existencial en la que se encuentra la clase media, su respuesta es un tanto nihilista dado el creciente proceso de precarización de su vida.
Hernández confronta la vida pautada y reglada de la clase media con el deseo, aquello que se permite y admite en la intimidad pero no públicamente.
Así, aparece el mundo de las infinitas variaciones del deseo frente a las expectativas vitales negativas que ven en su horizonte vital.
También surge, a raíz del deseo, el inabarcable mundo de las experiencias con su capacidad de activar y desactivar anhelos, pasiones y curiosidades, más que con la satisfacción de necesidades. Es otro aspecto de la crisis material en la que se haya sumida la clase media, que intenta de este modo paliar, cuando no dejar a un lado, su crisis material.
En cualquier caso, la clase media plantea resistencias a un mundo en constante y rápida transformación, en las que demanda, tanto a la izquierda como a la derecha del arco ideológico, la estabilidad, seguridad y continuidad de su base material, sin que esas demandas sean atendidas.
El 15M es visto por el autor como la salida a la superficie de las demandas simbólicas, materiales y políticas de la clase media. Sus valores de un mundo horizontal, los acuerdos y los consensos, la inclusividad de sus demandas, la autoridad no imperativa, los liderazgos que dan poder al grupo y no al líder, la transparencia, la conexión y la conectividad, las relaciones, la democracia y la cooperación y la empatía son las demandas que efectúan ante el poder político.
Los aspectos políticos en los que se encuentra inmersa la clase media y que la generan inquietud e incertidumbre tienen que ver con que actualmente resulta inútil intentar dirigir los acontecimientos, la inquietud ofrece oportunidades para que crezca el yo, resulta fundamental la apertura a relaciones que ofrezcan y permitan descubrir nuevos caminos, la potencia de la mezcla, lo híbrido, lo impuro, de las influencias múltiples y una cooperación que permite una participación activa e inclusiva en el seno de la comunidad de pertenencia.
La situación es muy grave para esta clase media que se encuentra así misma desubicada en la actualidad y que observa como ya nada será como antes.
Al leer un libro de esta temática el lector se genera expectativas.
En mi caso particular, esperaba que la crisis que azota la clase media y la generación de un nuevo orden social dadas las transformaciones sociales, refutase la hipótesis marxista de la creciente polarización social en dos clases antagónicas en el seno del modo de producción capitalista.
Lo cierto es que el autor no es marxista e incluso trata con cierto desdén, por lo menos esa ha sido mi percepción, la teoría marxista al respecto.
Sí que es cierto que estamos inmersos en una sociedad crecientemente desigual, en la que todo lo que parecía sólido se desvanece en el aire y aún somos incapaces de ver cuál será el nuevo orden social, aunque dadas las transformaciones y la velocidad con la que está produciéndose el cambio social habrá, como en todos los procesos de esa naturaleza, ganadores y perdedores.
Y uno de los perdedores va a ser sin duda la clase media, que verá como sus efectivos serán progresivamente proletarizados en una economía globalizada en la que los recursos están muy desigualmente distribuidos.
Crecientemente proletarizados por la vuelta de las ideas de un taylorismo que se creía superado y que vuelve con las fuerzas renovadas que les ofrece la digitalización de las sociedades, el big data y los algoritmos.
Hay que considerar también la inoperancia política de la clase media ante un mundo en constante transformación, que es incapaz de una acción política colectiva que ofrezca algún tipo de resistencia a esas transformaciones socioecnómicas y a sus efectos.
En esta situación es bueno recordar la tesis de Polanyi en La gran transformación. La mutación del modo de producción capitalista en la actualidad conlleva la quiebra de los lazos sociales que se habían compuesto en las sociedades del bienestar.
Siguiendo a Polanyi ya sabemos que la instauración del modo de producción capitalista supuso la ruptura de los lazos sociales de las sociedades precedentes al liberar de trabas los factores de producción para el desarrollo de las relaciones de producción capitalista.
También conocemos el corolario de esa liberación de los factores de producción y de la grave crisis de 1929: la aparición del nacional-socialismo y del fascismo como ofertas políticas que pretendían la generación de lazos sociales en un marco nacional y en el que se purgaba la responsabilidad de la situación de crisis al otro, al no nacional, al antagonista político. Y sabemos que la clase media, castigada duramente por los efectos de la crisis del 29, abrazó la causa del nacional-socialismo y del fascismo frente a la alternativa política que venía dada por el comunismo.
Finalmente, hay que destacar la crítica cultural que emplea Hernández para ilustrar la crisis de la clase media, apoyándose en ciertos estilos musicales que van desde la americana, el Alt-Country, el Rock & Roll primigenio, el Hip-Hop y la nueva psicodelia norteamericana, que encarnan desde el gusto y la veneración por lo verdadero y lo real hasta los nuevos valores del narcisismo y el individualismo desbocado que promueve el capitalismo actualmente, propios de la clase media.

Comentarios
Publicar un comentario