La trampa de la diversidad. Daniel Bernabé

La trampa de la diversidad ha sido el libro de no ficción más controvertido de los últimos meses y también uno de los más vendidos. Debe ir ya por la cuarta o quinta edición y siendo un ensayo el mérito es aún mayor.

Más allá de las polémicas suscitadas, -recomiendo en este sentido una búsqueda en Google y en Twitter-, algunas de ellas realmente injustas, como las realizadas por Alberto Garzón, otras absurdas y otras de carácter personal, -las peores de todas-, es un libro de indudable interés, tanto por lo que cuenta como por el estilo de Daniel Bernabé, que escribe francamente bien, lo que facilita y anima la lectura.

El pensamiento postmoderno es el contexto en el que se desarrolla la tesis principal de Bernabé.

Las ideas postmodernas plantean la aceptación de un mundo fragmentario e inasible, la ausencia de reglas en un caos ordenado y una forma de distanciamiento de lo reglado.

Lo importante no son los hechos si no sus interpretaciones, que son múltiples y fragmentarias.

Para Eagleton el postmodernismo es escéptico ante la verdad, la unidad y el progreso, opiniéndose al elitismo en la cultura. Tiene una fuerte tendencia al relativismo cultural y celebra el pluralismo, la discontinuidad y la heterogeneidad.

Es una huida hacia adelante respecto al pensamiento moderno, animado por su negación más que por el establecimiento de un pensamiento nuevo hegemónico.

Para Jameson la postmodernidad es la señal cultural de un nuevo estado de la Historia, del modo de producción capitalista, siendo el pensamiento postmoderno su lógica cultural.

Su consecuencia es la desactivación de la actividad política de la izquierda.

El globalismo, la diversidad, el hierpconsumo, el fin de las ideologías, el fin de las clases sociales, la sociedad de la información y el tecnofetichismo son otras de las dimensiones del pensamiento postmoderno.

Otra de las características del pensamiento postmoderno es la ausencia de parámetros y de una crítica sistemática, por lo que el único valedor es un gusto popular de carácter ficticio, que no es más que el seguimiento de las leyes del mercado cultural.

Por lo que nos interesa para el libro que estamos comentado aquí, lo decisivo es la búsqueda de una identidad más precisa, que rompa con la identidad primaria, -la de clase-, y que erosione la posibilidad de una acción política colectiva.

De este modo, nos convertimos en una suma inacabable de especificidades, lo que conduce que no se pueda hablar en ningún momento de nosotros.

El efecto es un creciente individualismo en la sociedad. Las personas pueden ser felices en su interior, sin contar con las relaciones sociales, lo que supone el bloqueo al cambio social  y que es sustituido por el cambio individual. Es una búsqueda de la autorrealización personal.

Al pensamiento postmoderno se le aúna la reacción conservadora, que es la puesta en marcha de las ideas del neoliberalismo, tanto en la dimensión económica como en la polítco-social, como respuesta a las ideas hegemónicas socialdemócratas que dieron lugar al Estado de Bienestar.

El neoliberalismo plantea la restauración de la moral victoriana: la cultura del esfuerzo individual, el trabajo bien hecho y el ir posponiendo para más adelante cualquier tipo de gratificación.

Estos valores del esfuerzo y de la excelencia son utilizados por la clase dominante para encubrir y legitimar, en último término, el sistema de explotación económica y la desigualdad de oportunidades entre las personas.

Es un pensamiento marcadamente político de carácter muy conservador, cuando no reaccionario.

Es un proyecto ideológico que pretende la eliminación los resultados obtenidos de los procesos revolucionarios, en un primer término, para posteriormente arremeter contra el Estado de Bienestar hasta su desaparición.

El hecho es que día a día observamos impertérritos la incompatiblidad de la democracia con el capitalismo neoliberal.

La trampa de la diversidad, cuyo subtitulo es cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora, sostiene como tesis principal que las identidades sociales son aquellas diferencias expresadas mediante el consumo y los estilos de vida.

La diversidad es la forma de diferenciarse y, por tanto, de distanciarse de los otros, lo que dificulta enormemente una acción política colectiva, dadas, además, las políticas enfocadas al yo que pomueve incesantemente el neoliberalismo.

Nuestro yo construido socialmente desea la diversidad y aborrece la colectividad, por lo que huye del conflicto social y se centra en el conflicto interno del yo.

La diversidad está promovida y jaleada por el neoliberalismo al fomentar el individualismo más extremo y ser muy útil para evitar la acción política colectiva.

No se trata de la diversidad material, si no de su representación como un producto que las identidades individuales asumen y que terminan por competir en el mercado.

Somos más nosotros en cuanto se consigue que el otro sea menos él, produciéndose un egoísmo de la identidad.

La diversidad se ha convertido en un mercado competitivo al servicio de los objetivos del neoliberalismo de mayor individualidad y la pretensión de desgarrar los lazos sociales que nos unen a los unos con los otros.

La actividad política es incapaz de alterar las causas de los conflictos, de ir a su raíz para combatirlos, cumpliéndose otro de los objetivos del neoliberalismo.

De este modo se generan guerras culturales, luchas por los derechos civiles y la representación de colectivos que observan como lo problemático se encuentra en los espacios simbólicos y no en la esfera económica.

El centro del conflicto social ha cambiado de lo económico, esto es, de la redistribución de la riqueza a la representación, sin ningún tipo de efecto político en la esfera económica y en la redistribución de la riqueza.

Esto conlleva asumir cierta impotencia política. Cuanto menos capacidad se tiene de modificar lo material más hincapié se hace en influir en lo simbólico.

Se predica la horizontalidad como un mero eufemismo de la individualidad y se centra, por tanto, en cuestiones que tienen que ver con los simbólico y la representación y no tanto en los problemas más inmediatos y tangibles que nos afectan a la mayoría.

Las luchas tienden a la atomización, al fraccionamiento y al individualismo rampante. Se imposibilita una lucha política colectiva.

Pero lo cierto es que cuando la lucha por la representación de la diversidad va más allá de las herramientas simbólicas identitarias y tiene una pretensión pedagógica con implicaciones en la esfera de lo material es cuando no es útil para las pretensiones del sistema neoliberal y es en este punto cuando se combate esta tipo de lucha.

El hecho es que cada vez somos más diversos porque cada vez somos más desiguales.

Parafraseando a El nuevo espíritu del capitalismo de Boltanski y Chiapello, las fuentes de indignación son dos: la económica, -la explotación-, que se encuentra ligada a la cuestión de las clases sociales y a la lucha de clases, -el capitalismo es un juego de suma cero, ya que lo que gana uno lo pierde el otro-, cuya acción política se encuentra ligada a la redistribución de la riqueza.

Y la cultural o simbólica, -la alienación-, que se liga a modelos sociales de representación, interpretación y comunicación, haciendo referencia a la etnia, la nacionalidad, el género, la raza y la sexualidad. Su acción política se vincula al reconocimiento de la diversidad.

La diversidad es desigualdad e individualismo y una cuestión de clase social.

La clase social determinante, que no dominante, es la clase media.

La clase media es una construcción entre lo cultural y el nivel de renta.

Esta clase se caracteriza por ser una relación aspiracional con el consumo, como una forma de reforzar su estatus y su autoexpresión, de ahí que la diversidad sea un valor diferenciador, como modo de sentirse diferente y valioso frente a los demás.

La unificación identitaria de toda la sociedad en torno al concepto de clase media provoca  ansiedad entre las personas por diferenciarse los unos de los otros, una búsqueda de la identidad, una necesidad de ser alguien, de que cuenten con uno. Es la competición de la especificidad de cada uno en contra de las especificidades de los otros.

Sus deseos y aspiraciones están muy mediatizadas por el ideario neoliberal.

El efecto es una creciente individualización de las tendencias políticas y la consiguiente dificultad en articular una acción política colectiva. La identidad individualista y competitiva hacen su juego para cumplir con los objetivos del neoliberalismo.

La trampa de la diversidad conduce a que no se pueda obtener esa identidad que nos lleve a una acción política colectiva, lo cual resulta muy funcional para el neoliberalismo.


Tal y como se ha comentado al principio de esta entrada, el libro de Bernabé ha recibido críticas, algunas de ellas muy injustas y absurdas.

Injustas porque han tratado este libro como si se tratara de un texto académico y no es un texto académico, si no un libro de divulgación.

Injustas y absurdas porque Bernabé es un outsider de la vida intelectual y cultural de este país. En este sentido algunas críticas recibidas apuntan a ciertos celos intelectuales por tratar y escribir sobe algo que quizás se intuía pero que no se era capaz de trasladar al papel. Precisamente eso es lo que ha hecho Daniel Bernabé lo que ha provocado en algunos círculos intelectuales, o intelectualoides, críticas con poco fundamento. No se le perdona ser un orgulloso miembro de la clase trabajadora y ser capaz de escribir sobre identidades, de las cuales muchos de sus críticos viven materialmente de su gestión política.

Los anglosajones están muy habituados a este tipo de textos, pero por las críticas recibidas no parece que estemos muy acostumbrados a la divulgación si no más bien a mamotretos de carácter teórico que se dirigen, por esa misma característica, a un público académico y, en el mejor de los casos a un público que sabe sobre el tema del que trata el texto.

Bernabé ha asegurado en algunas entrevistas que precisamente se trata de eso, de divulgar y de generar un debate en torno a las políticas de identidad de las cuales puedan surgir propuestas de acción políticas colectivas.

Bernabé es un gran observador que se acompaña de un magnífico estilo a la hora de trasladar sus ideas, observaciones e intuiciones a un texto.

Esta obra de Bernabé es una especie de sociología intuitiva, consecuencia de la observación y de la intuición de que algo no funciona como debería.

El texto pivota sobre la clase media y los que nos hemos dedicado al estudio de la estructura social, tanto teórica como de carácter estadístico, observamos con dificultad el encuadre de dicha clase social en la estructura de clases, cuanto menos en clave marxista.

Lo curioso es que todos tenemos en mente una idea de qué es la clase media, pero es una sociología intuitiva que no casa bien ni con la teoría ni con los datos estadísticos sobre la estructura social.

En cualquier caso al tratarse de una obra de divulgación, no por eso menor, es disculpable.

Las observaciones de Bernabé a la hora de definir la clase media hacen alusión a un indeterminado espacio entre lo cultural y el nivel de renta, saliendo una mezcla entre el poder adquisitivo, por una parte y, por otra, con los estilos de vida. Estilos de vida que cada son más homogéneos, más equiparables, más transversales, aunque claro está que la diferencia viene dada por el nivel de renta, que permite un acceso diferenciado a bienes materiales y culturales según la clase social de la que se trate.

Una clase social que no es una clase en sí misma, si no un estrato intermedio, podríamos decir que en proceso, que se encontraría definido por las variables nivel adquisitivo, ciertos valores, -que encajan perfectamente con el ideario neoliberal, tales como la cultura del esfuerzo, el trabajo bien hecho, el individualismo, el sentimiento de aislamiento y soledad-, y el estilo de vida.

Su relación con el consumo es aspiracional y, añadiría que muy movida por el deseo. El deseo de formar parte de una clase social, emulando pautas de consumo y de estilo de vida. Se trata, en definitiva, de lograr el reconocimiento de pertenencia, de formar parte de esa clase media.

En este punto, dado que el estilo de vida de la clase media es el hegemónico en nuestras sociedades, el consumo propio de esta clase vendría dado por el consumo emulativo y ostentoso sobre el que teorizó Veblen en su obra Teoría de la clase ociosa.

Hace siglos pasó a la Historia la frase divide et impera, -divide y vencerás-, atribuida al emperador Julio César. En la confrontación política es una máxima que aún se sigue aplicando con notables éxitos, por cierto.

El caso es que es bajo esta máxima, -divide y vencerás-, como la política neoliberal gestiona las diferentes, variadas y crecientes identidades, especificidades individuales. De esta forma hace muy difícil, casi imposible, cualquier acción política de carácter colectivo, de ahí su enorme funcionalidad para el control del conflicto social.

Tal y como hemos apuntado anteriormente, las demandas identitarias se refieren fundamentalmente al ámbito de la representación política de esas identidades, lo que supone en última instancia no poner en entredicho el estatus quo de la política económica neoliberal en nuestras sociedades. Y esto es precisamente lo que requiere la economía neoliberal para su desarrollo e imposición sin frenos.

Dada la actual crisis económica hemos observado el crecimiento imparable de las desigualdades sociales, producto de la gestión de dicha crisis por la política económica neoliberal. Este incremento imparable de la desigualdad social debería encararse por la clase trabajadora desde el lado de la redistribución, tanto de los costes de la crisis, que ha recaído en los salarios percibidos por los trabajadores, en una creciente precariedad del empleo y en unos ajustes en las políticas sociales de bienestar.

La política económica seguida para responder a la crisis ha consistido en acrecentar la desigualdad social, polarizando más la distancia existente entre los más ricos y los más pobres, beneficiando a los primeros en detrimento de los segundos, ya que los recortes en políticas sociales han perjudicado más a la clase trabajadora que al resto.

Se olvida que las políticas sociales son el salario indirecto que perciben los trabajadores a través de sus cuotas sociales y de las políticas de redistribución de la renta realizadas por el Estado a través de sus políticas fiscales. Estado que paulatinamente es menos social y más árbitro de las relaciones mercantiles y generador de espacios de negocio privados que antes eran de carácter público.

Para finalizar, apuntar que Bernabé no es contrario a las políticas de identidad, si no que plantea que no son eficaces para impugnar el orden establecido, ya que en muchas ocasiones su única demanda es la representación de alguna identidad específica. Para el autor se trataría de integrar estas luchas en el plano material, que sí que impugna el orden social al tener como objetivo una redistribución en el ámbito de lo económico, lo cual provoca un conflicto social al tener enfrente la política neoliberal, verdadera antagonista de las demandas materiales de la clase trabajadora.

No se nos puede olvidar que el neoliberalismo es un proyecto y una ideología de clase que pretende el beneficio de la clase dominante y no de la clase trabajadora.

La lucha de clases existe y nos están ganando por goleada. Y nosotros sin enterarnos.

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